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2008
Lo que realmente desean las mujeres
Hace mucho, en Inglaterra, en tiempos del Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda, vivía un hombre llamado Gawain, que era el caballero más cortés y valiente en toda la comarca, y que era también sobrino del Rey Arturo.
Hubo una ocasión en que el Rey Arturo y su esposa decidieron celebrar las fiestas de Navidad en un castillo que tenían al norte del país, y allá convidaron a toda la corte, y también a Sir Gawain, por supuesto.
La gente se desveló tanto, que al día siguiente todos se levantaron tarde. Únicamente el Rey Arturo se levantó temprano y salió a cabalgar como lo tenía por costumbre. Sólo que esa mañana decidió tomar una ruta diferente a la habitual. Se internó por un paraje desconocido, y al cabo de un largo rato, se topó con un lago helado. Estaba tan absorto contemplando la superficie helada del lago, que no advirtió un castillo negro y horrible que se encontraba al lado izquierdo de aquel lago, de donde salió un hombre, también vestido de negro.
Cuando finalmente el rey se percató de la presencia de aquel hombre, vio que tenía un mazo en la mano y que lo estaba retando a duelo, y como el rey era un excelente jinete y buen luchador, se puso al galope directamente hacia el negro castillo. Pero conforme se iba acercando, se dio cuenta que ese hombre era un gigante, y además del mazo que llevaba en una mano, portaba una lanza en la otra, y su rostro tenía una expresión feroz.
El rey supo enseguida que estaba perdido, no había manera alguna de salvarse en aquel encuentro. El gigante lo hizo su prisionero, y sabiendo que era el rey, le dijo que le concedería una oportunidad. Le daba un año completo para encontrar la respuesta a la pregunta “¿Qué es lo que más desean las mujeres?”; si pasado ese tiempo contestaba correctamente ganaría su libertad; de otra forma, podría perder la vida.
El rey se fue triste de regreso a su castillo, contó a sus caballeros sobre el encuentro que había tenido con el gigante, y sobre el acertijo que él le había planteado. Los caballeros intentaron tranquilizar al rey y le dijeron que preguntarían a lo largo de todo el país, que seguramente algún sabio podría darle la respuesta.
Los caballeros recogieron del pueblo una multitud de sugerencias que llevaron al rey, pero él, de alguna u otra manera, daba a entender que ninguna era la correcta, unas deseaban poder, otras tener un hijo, otras un gran amante que les diera sus mejores pasiones... Los días seguían pasando y se cumplió la fecha en que el rey Arturo debía presentarse ante el gigante.
El rey se subió a su caballo y se internó en el bosque, iba triste y preocupado. Al poco rato, escuchó una voz de mujer que le preguntó a dónde iba. Era una horrible mujer sentada en lo alto de un árbol. El rey le explicó que iba en busca de un gigante a quién debía contestarle un acertijo, que ignoraba la respuesta y que el gigante lo haría su prisionero.
La mujer sabía perfectamente que aquel hombre era el rey y le dijo que tal vez ella podría ayudarle si tan sólo conociera la adivinanza que debía contestar.
“¿Qué es lo que más desean las mujeres?”, preguntó el rey.
La horrenda mujer soltó una estruendosa carcajada y contestó: “¡Eso es muy fácil!”.
El rey dijo a la mujer que si le daba la respuesta correcta, él, a cambio, le concedería cualquier deseo, cualquiera, ya que su vida dependía de ello.
La mujer accedió, le dio la respuesta y el rey fue en busca del gigante.
¿Estás preparado para ser mi prisionero?, le dijo, y atronó el espacio con una horrible carcajada.
El rey le contestó: “Antes debes escuchar mi respuesta”
En cuanto la escuchó el gigante se puso rojo de coraje y dijo: “seguramente que mi hermana te dio la respuesta, sólo ella la conocía”.
El gigante dio un giro a su caballo y regresó a su castillo.
El Rey Arturo acudió a donde estaba la mujer a contarle todo lo sucedido, se rieron y luego la mujer pidió al rey su deseo: “Quiero que tu sobrino, Sir Gawain, se case conmigo”.
El rey se puso pálido y le contestó: “Yo puedo darte títulos de nobleza, joyas preciosas, riquezas, tierras… pero bien podrás entender que yo no puedo obligar a nadie a casarse en contra de su voluntad”.
La horrible mujer le dijo: “Quiero que tu sobrino sea mi esposo”.
El rey regresó a su castillo, contó a sus caballeros cómo había dado con la respuesta al acertijo, y les habló sobre la promesa hecha a la mujer.
Sir Gawain, quien, además de ser el caballero más valiente y cortés de toda Inglaterra, adoraba a su tío, le dijo que él se casaría con la mujer, y por más que el rey trató de persuadirlo diciéndole lo horrible que era aquella mujer, Gawain insistió y finalmente el rey le explicó en qué lugar del bosque se encontraba.
Sir Gawain salió del castillo en su búsqueda y cuando la encontró, sintió que era mucho más fea de lo que se había imaginado. Desviando su mirada para no ver a la horrible mujer, hizo una caravana y le preguntó: ¿Quieres casarte conmigo”.
La mujer contestó que sí, bajó del árbol, se trepó al caballo, y juntos llegaron hasta el castillo. Los preparativos para la boda iniciaron enseguida.
Una vez que se celebró la misa y que terminó la fiesta, los invitados acompañaron a los novios hasta su alcoba y cerraron las puertas tras ellos. Ahora Sir Gawain y su esposa estaban solos; la mujer sonría, y él la veía más fea aún. Pero como Sir Gawain era todo un caballero, y conoció sus deberes de esposo, tomó a su mujer en brazos y, cerrando los ojos, la besó.
Cuando sir Gawain finalmente abrió los ojos, encontró entre sus brazos a una hermosísima mujer, y ante los azorados ojos de su esposo ella explicó: Has roto la mitad del hechizo. Mi madrina que es una hechicera, celosa de mi belleza desde que era niña, me convirtió en una horrible mujer que tú conociste. El hechizo solamente podía deshacerse si un hombre bueno se atrevía a casarse conmigo y besarme. Ahora tienes el derecho de escoger: ¿Quieres que me vea así todas las noches y que esté horrible durante el día, o prefieres verme bella en el día y horrible en nuestra alcoba por las noches?
Su esposo le contestó: Quiero verte bella en las noches…no, no, bella en el día, no... no...
Y luego mirando a su esposa con ternura, agregó: Creo, esposa mía, que eso debes decidirlo tú.
En ese momento su bella esposa tomó entre sus manos las de Sir Gawain, y mirándolo profundamente a los ojos le dijo: Ahora has roto el hechizo en su totalidad. Libremente has dado respuesta al acertijo que mi hermano el gigante planteó la rey: ¿Qué es lo que más desean las mujeres?” Y, ¿sabes una cosa?, lo que más deseamos las mujeres es ser dueñas de nuestras propias decisiones, de nuestros propios deseos.










